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Escrito para tu yo del presente real continuo

Por Dr. Roch

Dentro de 70 años, en ese lejano 2096, ninguno de nosotros estará aquí.

Nuestros pasos se habrán borrado de la tierra
y nuestras voces se habrán apagado en el viento.

Personas que jamás conoceremos vivirán en nuestras casas, usarán nuestras cosas
y ni siquiera imaginarán que un día reímos, lloramos o soñamos entre esas paredes.

Seremos apenas un nombre en la memoria de quienes nos amaron…
y luego, incluso ese nombre será olvidado para siempre.

Y cuando comprendemos eso, la vida se revela con una claridad inmensa.


Descubrimos lo inútil que es vivir con enojo, con negatividad, reclamando, compitiendo o envidiando…
como si fuéramos eternos.

Qué absurdo correr tras lo perfecto
mientras el tiempo, silencioso e implacable, sigue su camino.

La vida —tan breve, tan frágil, tan sagrada—
no fue hecha para acumular placer ni para sufrir por costumbre.

Fue hecha para ser conscientes de su temporalidad,
para vivir con intensidad,
para amar y ser amados.

Para agradecer cada amanecer,
cada abrazo,
cada alimento,
cada beso,
cada viaje
y cada encuentro íntimo.

Para valorar a la familia, el trabajo bien realizado y a los amigos…
quienes hoy caminan con nosotros, sabiendo que no siempre estarán.

Así como nosotros no siempre estuvimos con quienes una vez amamos
y que ahora son apenas recuerdos fugaces…
hermosos mientras brillaron,
pero destinados a seguir su propio rumbo.


No dejes en tu día presente espacio para el enojo, el reclamo o la queja.

Cuando se comprende que todos somos viajeros temporales,
se pueden tolerar los malos momentos y dejarlos pasar.

Cada persona que cruza nuestro camino trae un papel y un propósito,
aunque no lo parezca en la superficie.

Cada persona deja una enseñanza,
un cariño,
una herida
o una luz.

Y aun cuando el destino los aleja, queda lo esencial:

No te quedes con lo doloroso, injusto o desagradable,
porque eso amargará tu vida presente y futura.

Quédate con la gratitud por el momento lindo compartido.


Vivamos, entonces, con el corazón ligero,
la maleta sin cargas pesadas
y las manos abiertas a recibir lo nuevo del presente y del futuro,
sin importar cuánto pueda durar.

Hagamos el bien mientras podamos.
Amemos sin miedo.
Perdonemos sin rencor.
Celebremos la vida sin esperar un “mañana perfecto”.


Porque nuestra estadía aquí es apenas un suspiro…
y ese suspiro merece ser vivido con amor, con paz
y con un agradecimiento profundo por quienes hoy, todavía, están a nuestro lado.

Por los seres valiosos como tú para mí y yo para ti.
Por nuestros seres queridos: pareja, hijos, amigos y familia.

Con amor,
Dr. Roch