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EL AMOR NO LLEGA A COMPLETARTE

El amor no llega a completarte

Dejar de buscar un rescate emocional para comenzar a elegir desde la libertad

Por DrRoch

Existe una trampa silenciosa en muchas relaciones: creer que el amor llegará para salvarnos de nosotros mismos.

Que otra persona llenará el vacío.

Que nos dará dirección.

Que nos devolverá seguridad.

Que reparará nuestras heridas.

Que finalmente nos hará sentir suficientes.

Y entonces dejamos de buscar una pareja y comenzamos, sin darnos cuenta, a buscar un rescate.

El otro deja de ser un compañero de camino y empieza a convertirse en una especie de tabla de salvación emocional.

Ahí aparecen el apego, la idealización, la obsesión, la dependencia y el miedo a perder.

Porque cuando depositas en otra persona aquello que no has aprendido a construir dentro de ti, ya no solamente temes perderla a ella.

Temes perder todo lo que creías que ella sostenía por ti.


Cuando el otro se convierte en tu propósito

Una relación puede enriquecer profundamente una vida. Pero no debería convertirse en la única razón para vivirla.

Cuando una persona carece de rumbo propio, proyectos, intereses, vínculos, propósito o una identidad suficientemente desarrollada, puede comenzar a colocar sobre su pareja una responsabilidad imposible:

  • “Hazme feliz”.
  • “Hazme sentir seguro”.
  • “Hazme sentir importante”.
  • “No permitas que vuelva a sentirme solo”.
  • “Dime quién soy”.
  • “Dame una razón para levantarme”.

El problema es que ninguna persona puede cargar permanentemente con el significado existencial de otra.

Es demasiado peso.

Y tarde o temprano, aquello que comenzó como amor puede transformarse en exigencia.

Porque una cosa es compartir la felicidad con alguien y otra muy distinta es convertirlo en el responsable de nuestra capacidad para ser felices.

El amor puede acompañar tu propósito, pero no puede sustituir la construcción de tu propia vida.


No siempre nos enamoramos solamente de la persona

También podemos enamorarnos de aquello que proyectamos sobre ella.

Seguridad.

Libertad.

Fortaleza.

Pasión.

Dirección.

Protección.

Éxito.

Alegría.

Vida.

Y entonces ocurre algo interesante: admiramos intensamente en el otro cualidades que, algunas veces, nosotros mismos no nos hemos permitido desarrollar.

La persona deja de ser solamente una persona.

Se convierte en símbolo.

En promesa.

En refugio.

En la representación de aquello que creemos que nos falta.

Por eso algunas rupturas duelen mucho más allá de perder a alguien. También parece romperse el futuro que habíamos depositado sobre esa persona.

No solamente lloramos su ausencia. A veces lloramos la vida que imaginamos que tendríamos a su lado, la versión de nosotros mismos que creíamos que llegaríamos a ser y todas las promesas que nuestra mente construyó alrededor de esa relación.

Y quizá aquí debamos hacernos una pregunta incómoda:

¿Extraño a esa persona o extraño lo que imaginaba que mi vida sería con ella?

La respuesta puede contener ambas cosas. Lo importante es aprender a distinguirlas.


La mente que miente idealiza

Aquí aparece nuevamente la mente que miente.

La mente no siempre ama a la persona que tiene enfrente. A veces ama lo que imagina, lo que espera, lo que proyecta, lo que necesita y lo que desea que ocurra.

Construye un personaje.

Lo completa.

Le atribuye cualidades.

Anticipa futuros.

Ignora señales.

Justifica inconsistencias.

Y termina relacionándose no solamente con una persona real, sino con una versión mental de esa persona.

En ocasiones, no nos enamoramos de quien alguien es, sino de quien creemos que llegará a ser cuando nos ame lo suficiente, cuando supere sus miedos, cuando cambie sus hábitos o cuando finalmente se convierta en aquello que esperamos.

Así, podemos pasar años esperando que la realidad alcance a nuestra fantasía.

Por eso, una de las preguntas más importantes dentro de una relación podría ser:

¿ESTOY AMANDO A QUIEN ES O A QUIEN NECESITO QUE SEA?

La diferencia puede cambiarlo todo.

Porque amar no significa dejar de reconocer las posibilidades de alguien. Significa no confundir esas posibilidades con la realidad que hoy existe.


Construirte a ti mismo

La madurez emocional no consiste en volverte autosuficiente hasta el aislamiento.

No significa decir:

“No necesito a nadie”.

Eso también puede ser una defensa.

Somos seres profundamente relacionales. Necesitamos vínculos, afecto, comunidad, pertenencia e intimidad.

Pero existe una diferencia enorme entre necesitar vínculos humanos y hacer responsable a una sola persona de nuestra estabilidad interior.

Construirte significa desarrollar tu propia vida.

Tus proyectos.

Tus amigos.

Tu curiosidad.

Tu capacidad económica.

Tu mundo interior.

Tu propósito.

Tu capacidad para estar solo.

Tu capacidad para pedir ayuda.

Tu capacidad para disfrutar acompañado sin desaparecer dentro del otro.

No se trata de convertirte en alguien que jamás necesita apoyo. Se trata de aprender a reconocer tus necesidades y desarrollar diferentes recursos para atenderlas, sin colocar toda esa responsabilidad sobre una sola persona.

Construirte es dejar de esperar que alguien venga a vivir tu vida por ti.

Es aprender a compartirla sin renunciar a ser su protagonista.


Dos personas completas no significa dos personas perfectas

Aquí conviene hacer una distinción importante.

Decir que somos “seres completos” puede ser poéticamente poderoso, pero no debe interpretarse como que ya no necesitamos nada de nadie.

Eso sería falso.

Todos somos vulnerables.

Todos necesitamos apoyo en determinados momentos.

Todos podemos necesitar contención, compañía o ayuda.

La verdadera autonomía emocional no es independencia absoluta.

Es interdependencia saludable.

Es poder decir:

“Puedo sostener mi propia vida y también puedo dejarme acompañar por ti”.

Eso es muy distinto de:

“Sin ti no puedo sostenerme”.

En una relación sana podemos apoyarnos mutuamente sin convertirnos en los únicos responsables del bienestar del otro. Podemos pedir ayuda sin sentirnos incapaces, mostrar vulnerabilidad sin sentirnos inferiores y recibir amor sin exigir que la otra persona resuelva todos nuestros conflictos internos.

No necesitamos ser perfectos para amar de manera madura.

Necesitamos reconocer nuestra humanidad y hacernos responsables de ella.


Una relación sana no son dos mitades

Es el encuentro de dos personas que siguen teniendo identidad propia.

Dos historias.

Dos proyectos.

Dos mundos.

Dos libertades.

Dos vulnerabilidades.

Dos seres imperfectos que deciden construir algo compartido sin dejar de existir individualmente.

Por eso, una buena relación no debería decir:

“Tú me completas”.

Quizá una expresión más madura sería:

“Tú no vienes a completar mi vida. Vienes a compartirla conmigo”.

Y entonces la pareja deja de ser rescate.

Se convierte en elección.

Deja de ser necesidad desesperada.

Se convierte en encuentro.

Deja de ser refugio contra el vacío.

Se convierte en un espacio desde el cual ambos pueden crecer.

Esto no significa que una pareja nunca vaya a sostenerte en tus momentos difíciles. Significa que el apoyo mutuo no exige que ninguno de los dos desaparezca para mantener al otro en pie.

Amar también es acompañarse en la construcción de dos vidas que, por elección, deciden caminar juntas.


El Timo en las relaciones

Desde el lenguaje de El Viaje del Timo, aquí existe una distinción extraordinaria.

La mente que miente pregunta:

“¿Qué necesito obtener de esta persona para sentirme bien?”.

El Timo pregunta:

“¿Qué está ocurriendo realmente entre nosotros?”.

La mente que miente teme:

“Si se va, me quedo sin nada”.

El Timo puede reconocer:

“Si se va, dolerá. Pero mi vida continúa siendo mía”.

La mente que miente idealiza.

El Timo observa.

La mente que miente se aferra.

El Timo elige.

La mente que miente necesita que el otro cambie.

El Timo pregunta:

“¿Esta relación, tal como realmente es, es una relación que quiero elegir?”.

Esta última pregunta me parece fundamental.

Porque madurar no consiste solamente en aprender a estar solo. También consiste en dejar de enamorarnos de potenciales y comenzar a relacionarnos con realidades.

No ames únicamente lo que alguien podría llegar a ser. Observa también quién está siendo hoy.

No construyas tu vida esperando que aparezca una versión futura de otra persona.

El amor puede acompañar procesos, pero no debería convertirse en una apuesta permanente contra la realidad.

Reconocer lo que alguien podría llegar a ser no nos obliga a permanecer en una relación que, tal como existe hoy, no queremos o no nos hace bien.

Elegir desde el Timo implica observar, reconocer y decidir con mayor conciencia, en lugar de dejar que el miedo, la fantasía o la necesidad decidan por nosotros.


El amor maduro es una elección, no un rescate

Quizá el amor no consiste en encontrar a alguien que finalmente resuelva todo aquello que nos duele.

Quizá consiste en aprender a relacionarnos sin exigirle al otro que nos salve, sin asumir que debemos salvarlo y sin confundir la intensidad de una necesidad con la profundidad de un vínculo.

Podemos amar profundamente.

Podemos necesitar compañía.

Podemos extrañar, sufrir, sentir miedo y desear que alguien permanezca a nuestro lado.

Nada de eso nos hace débiles.

La diferencia está en comprender que una relación puede ser una parte extraordinaria de nuestra vida sin convertirse en la totalidad de nuestra existencia.

Que podemos elegir a alguien sin convertirlo en nuestra única razón para vivir.

Que podemos construir un futuro compartido sin abandonar nuestro presente individual.

Y que podemos amar sin dejar de pertenecernos.

EL AMOR MADURO NO DICE:

“TE NECESITO PARA PODER EXISTIR”.

Dice:

“TENGO UNA VIDA QUE ES MÍA.

TÚ TIENES UNA VIDA QUE ES TUYA.

Y DESDE NUESTRA LIBERTAD, DESDE EL TIMO, CADA DÍA VOLVEMOS A ELEGIRNOS”.

Porque el amor no llega a completarte.

Llega, cuando ambos lo eligen, para compartir contigo el camino que cada uno ha decidido construir.


DrRoch

www.drroch.mx